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Todos o casi todos hemos gozado y sufrido alguna vez por estar enamorados. Enamorarnos puede cambiar nuestra vida y nuestro destino personal, y esto, por sí solo, es ya motivo suficiente para que nos ocupemos de tan espinoso tema.

Por ello, sin tratar de teorizar ni especular demasiado, vamos a recoger aquí algunas reflexiones filosóficas que puedan sernos de utilidad.

¿POR QUÉ NOS ENAMORAMOS?

Según la mitología griega, hace muchos miles de años, cuando fue gestado el universo, comenzaron a dividirse las almas de los hombres, hasta llegar a los miles y miles de almas que hoy habitan sobre la Tierra. Estas almas que se fueron dividiendo sentían como si hubieran perdido algo, como si a cada una le faltase su mitad. De ahí el concepto de las almas gemelas y del amor como esa necesidad que sentimos todos los seres humanos de encontrar aquello que una vez formó parte de nosotros, pero que ahora nos falta. El amor es, entonces, ni más ni menos que la búsqueda de la unidad perdida, y nos enamoramos porque necesitamos resolver el problema de soledad y separación que todos tenemos.
Dicho de otra manera, todos somos uno, y el amor es la fuerza con la que nos unimos a la persona amada. Esta unión de los amantes conlleva un cierto grado de exclusividad, lo que suele entenderse erróneamente como amor posesivo; es decir, si las dos personas enamoradas no sienten amor por nadie más que por ellos mismos, el uno por el otro, entonces, ese amor es en realidad un "egoísmo en pareja"; son dos seres que resuelven el problema de la separación convirtiendo al individuo aislado en dos. Por tanto, su experiencia de unión no es más que una ilusión falsa. El verdadero enamoramiento es exclusivo, sí, pero ama en la otra persona a toda la humanidad, a todo lo que vive y, por tanto, es universal, no particular; es exclusivo en el sentido de que puedo unirme plena e intensamente sólo con una persona, pero, en cierto modo, esa persona representa a toda la humanidad.
EL AMOR DEL ENAMORAMIENTO
Uno de los pocos autores que ha tratado en profundidad el enamoramiento ha sido Ortega y Gasset. En su obra Estudios sobre el amor, explica que el amor del enamoramiento se caracteriza por contener a la vez dos ingredientes: el encantamiento y la entrega. Nos sentimos encantados por otro ser y esto hace que nos entreguemos a él, o como dice el propio Ortega: "nos sintamos absorbidos por él hasta la raíz de nuestra persona, como si nos hubieran arrancado de nuestro propio fondo vital y viviéramos transplantados a él, con nuestras raíces vitales en él". No importa que la entrega –corporal o afectiva– se haya cumplido o no; lo esencial es que el enamorado se sienta entregado al otro.
Amor y voluntad deben estar de acuerdo. Por eso, generalmente, amar y querer se usan como sinónimos. Amar no es solo un poderoso sentimiento, es también un acto de voluntad. Amo porque quiero, o "quiero a quien quiero porque quiero quererle". Es poco probable que haya desacuerdo entre amor y voluntad, pero si así fuera, de forma que el alma enamorada reflexionase y encontrase "motivos respetables" para no amar o amar menos, entonces podemos decir que falta amor. Esa alma se siente vagamente atraída por la otra, pero no ha sido arrancada de sí misma; es decir, no ama.
La absorción del amante por el amado no es sino el efecto del encantamiento; otro ser nos encanta, y ese encanto lo sentimos por el suave y continuo tirón que da a nuestra persona. Hay algo mágico en todo ello, como en el contenido de las palabras encanto o encantamiento, aunque hoy día se usen de forma generalizada.
El encantamiento y la entrega son lo contrario al simple deseo. El fenómeno psicológico del deseo y el de "ser encantado" tienen signo inverso. En el deseo, el alma tira de lo deseado hacia sí misma; el que desea tiende a absorber el objeto. En el encantamiento soy yo el absorbido. El que desea no se entrega, quiere capturar. Desear algo es, en definitiva, tender a su posesión; de ahí que el deseo muere automáticamente cuando se satisface. En cambio, el amor es un eterno insatisfecho, y conlleva actividad permanente. El amor es muy fecundo, de él nacen pensamientos, acciones y también deseos; sin embargo, hay que separar claramente el amor del deseo. De alguna forma, deseamos aquello que amamos, pero deseamos muchas cosas respecto a las cuales somos indiferentes en el plano sentimental.
Tampoco hay verdadera entrega en la pasión. Estar dispuesto a suicidarse o a matar por amor demuestra que la pasión no es más que un estado patológico. Una persona que cae fácilmente en la obsesión, o de estructura muy simple o ruda, convertirá en pasión, es decir, en manía, todo germen de sentimiento que en ella caiga. Es preciso, pues, quitar al apasionamiento el aderezo de romanticismo con que se le ha ornamentado; de la misma forma que debería desecharse la creencia de que el hombre está enamorado en la proporción en que se ha vuelto estúpido o está dispuesto a hacer disparates. No se deben atribuir al amor los rasgos o caracteres de la persona que lo siente, aunque debemos tener en cuenta que, siendo el amor el acto más delicado de un alma, en él se reflejan la condición e índole de esta, por lo que podemos afirmar que según se es, así se ama.
Tampoco el cariño es amor de enamorado. En el cariño –que suele ser, en el mejor de los casos, la forma del amor matrimonial–, dos personas sienten mutua simpatía, fidelidad, adhesión, pero tampoco hay encantamiento y entrega. Cada cual vive sobre sí mismo, aunque envíe al otro suaves efluvios de estima y benevolencia.
Otro error frecuente consiste en creer que enamorarse equivale a sentir alegría, pues se confunde el amor con sus consecuencias. ¿Quién duda de que el amante puede recibir alegría de la persona amada? Pero a veces el amor es triste; más aún: el verdadero amor se percibe mejor a sí mismo por el dolor y el sufrimiento de que es capaz. No es extraño que la mujer enamorada prefiera las angustias que el hombre amado le origina a la indolora indiferencia.
Ortega dice que el enamoramiento necesita que se cumplan tres condiciones:
1) Condiciones de percepción, para ver a la persona amada. Hay que tener una especial capacidad de observación. No basta con la simple curiosidad; hay que ser "curioso de humanidad", y de esta en la forma más concreta: la persona como totalidad viviente, como módulo individual de existencia. Sin esta curiosidad, pasarán ante nosotros las criaturas más extraordinarias y no nos percataremos. En palabras de Ortega: "Esta curiosidad, que es a la par ansia de vida, no puede darse más que en almas porosas donde circule el aire libre, no confinado por ningún muro de limitación, el aire cósmico cargado con polvo de estrellas remotas". Por desgracia, muchos hombres y mujeres viven sumergidos en la esfera de sus intereses subjetivos y particulares, insistiendo cómodamente sobre lo conocido y lo habitual; por eso es tan difícil que se enamoren de una forma auténtica. La percepción puede ser mayor o menor, y muchos casos de anomalías amorosas se deben a confusiones en la percepción de la persona amada: ilusiones ópticas semejantes a las que se producen en nuestra visión física. A esto hay que añadir, además, la dificultad natural para percibir a las personas, a veces demasiado complicadas.
2) Condiciones de emoción, con que respondemos sentimentalmente a esa visión de lo amable. Percibir y tener capacidad de respuesta solo es propio de seres fuertes y vitales. El débil ni siquiera es capaz de una atención desinteresada a lo que pueda sobrevenir fuera de él; más bien, teme a lo inesperado que la vida pueda traerle, y se hace hermético a cuanto no se relacione con su interés particular.
3) Condiciones de constitución en nuestro ser, pues aun dándose las otras dos condiciones de percibir y sentir, puede suceder que ese sentimiento no invada ni arrastre nuestra alma, por ser esta poco elástica, poco vigorosa o hallarse desparramada.
¿CÓMO NOS ENAMORAMOS?
En el modo de comenzar, el amor se parece al deseo, porque su objeto –la persona amada– nos excita. Pero el acto amoroso no empieza sino después de esa excitación o incitación. Por el poro que ha abierto la flecha incitante de la persona amada brota el amor, y se dirige activamente a ella. Va del amante a lo amado; es un movimiento psíquico, una "íntima marcha" desde nuestro ser al del prójimo.
De esto se desprende que el acto amoroso, en su intimidad psíquica, es un proceso del alma que se prolonga en el tiempo; es como un chorro de materia anímica, un fluido constante que mana como de una fuente. Podríamos decir metafóricamente que el amor no es un disparo, sino una emanación continuada, una irradiación psíquica que del amante va a lo amado. No es un golpe único, sino una corriente.
Este rasgo del enamoramiento es común a todas las clases de amor: amor filial, amor maternal, amor a la patria, amor al arte, amor a la ciencia..., o amor a una mujer. Sí, hay algo común entre el amor a la ciencia y el enamoramiento: "Quietos, a cien leguas del objeto amado, y aun sin que pensemos en él, si lo amamos, estaremos emanando hacia él un fluido indefinible, de carácter afirmativo y cálido", dice Ortega. Y podría añadirse que todo lo que es diferente en el amor a la ciencia y en el amor a una mujer no es propiamente amor. De ahí que, generalmente, se usa la palabra enamorarse en un sentido demasiado amplio, pues hay amores en los que existe de todo menos auténtico amor: hay deseo, curiosidad, obstinación, manía, sincera ficción sentimental..., pero no esa cálida afirmación del otro ser, cualquiera que sea su actitud para con nosotros.
El enamoramiento en sentido amplio es, antes que nada, un fenómeno de la atención. Habitualmente, nuestra atención pasa de un objeto a otro, deteniéndose más o menos tiempo en cada uno de ellos. Pero imaginemos que, un buen día, nuestra atención queda paralizada, fija en un objeto; sería como si pusiéramos la mano delante de nuestros ojos, tapando por completo nuestro campo visual. El resto del mundo quedaría relegado, distante, casi inexistente. Lo atendido cobra para nosotros más realidad, más vigorosa existencia que lo desatendido, y se nos hace más valioso. Ese exclusivismo de la atención dota al amado de cualidades portentosas, no porque se finjan, sino porque, a fuerza de fijarse en ellas, adquieren para la conciencia una fuerza de realidad incomparable.
Pues bien, el enamoramiento, en su comienzo, no es más que eso: atención anómalamente detenida en otra persona. No se trata de un enriquecimiento de nuestra vida mental, sino que hay una progresiva desaparición de las cosas que antes nos ocupaban; la conciencia se estrecha y la atención queda paralítica: no avanza de cosa en cosa, sino que está fija, presa de un solo ser. Esto lo saben muy bien "los conquistadores" de ambos sexos, y muchos enamoramientos se reducen a una especie de juego mecánico sobre la atención del otro; un juego de tira y afloja, de solicitud y desdén, de presencia y ausencia, donde a veces se dice que uno "tiene sorbido el seso".
Esta fijación de la atención hace que exista una semejanza entre el enamoramiento y el entusiasmo místico, pues el misticismo es también un fenómeno de la atención. A fuerza de orar, meditar y pensar en Dios, este llega a estar siempre presente ante el místico. Llega un momento en que Dios deja de ser algo ajeno a la mente y se filtra dentro del alma, que se diluye en Él. Esta es la unión a la que el místico aspira.
También existe una proximidad extraña entre el enamoramiento y otro fenómeno de la atención: la hipnosis. Suaves pases de mano como caricias; hablar sugestivo y a la par tranquilizador; mirada fascinante... En ambos casos hay una entrega; al hipnotizador o a la persona amada, y en ambos casos se requiere voluntad: la hipnosis no puede realizarse en el ser humano si no es querida, de la misma forma que el enamoramiento debe ser siempre querido.
Cuando la atención se detiene en algo más tiempo o con más frecuencia de lo normal, hablamos de manía. ¿Es el enamoramiento un estado patológico? Hay algo que diferencia el enamoramiento, que es un fenómeno normal, de la obsesión o manía, que son fenómenos patológicos: puede afirmarse que todo el que se enamora es porque quiere enamorarse. En la obsesión patológica no hay conciencia ni voluntad propia, sino imposición ajena, fantasías desmedidas e incontroladas. En cambio, la "obsesión querida" es propia de los genios. Cuando a Newton le preguntaron cómo había podido descubrir su sistema mecánico del universo, respondió: "pensando en ello día y noche". Esto es una declaración de obseso, desde el punto de vista del hombre de mundo; pero para un hombre habituado a meditar, insistiendo sobre cada tema a fin de exprimirle todo su jugo, la ligereza con que la atención de ese hombre de mundo resbala de objeto en objeto es motivo de mareo.
ELECCIÓN DE LA PERSONA AMADA
En la elección de la persona amada hallamos el síntoma más decisivo de lo que una persona es; como dice Ortega: "En nada como en nuestra preferencia erótica se declara nuestro más íntimo carácter". Más aún: a quién amamos y cómo amamos reflejan nuestra forma de concebir y entender de la vida.
Aquí el principal problema es el del conocimiento de nosotros mismos y de los demás. ¿Tenemos realmente individualidad o somos un amasijo de opiniones y sentimientos que se nos han ido filtrando del entorno? ¿Somos auténticamente nosotros mismos, o más bien el resultado producido por las circunstancias que nos rodean? Si nos analizásemos en profundidad, descubriríamos –tal vez con espanto– que nuestras opiniones y sentimientos no han surgido realmente de nosotros, sino que nos han caído y cubierto, como le cubre al caminante el polvo del camino. Por ello, Ortega aconseja que más que en palabras y actos, conviene fijarse en lo que parece menos importante: el gesto y la fisonomía, pues al ser impremeditados, dejan escapar noticias de lo más íntimo y secreto, que normalmente reflejan con exactitud. Es preciso ver debajo de esa capa de polvo que habitualmente nos recubre; atravesar la barrera de palabras, actos y pensamientos, que son mero escenario, y ver lo que está detrás de todo eso. Esta es la única manera de poder percibir realmente al ser amado, y sentir auténtico amor.
¿Cómo elige el hombre? Al hombre normal le gustan casi todas las mujeres que pasan cerca de él, pero no hay que confundir gusto y amor. Como dice Ortega, la buena moza transeúnte, que pasa taconeando, produce una irritación en la periferia de la sensibilidad varonil, una atracción tan automática y mecánica que ni siquiera la Iglesia se atreve a considerarla pecado. Pues bien, generalmente no respondemos a esa atracción motivada por el instinto, o respondemos negativamente. Solo cuando respondemos positivamente y, a la vez, ponemos en juego todo nuestro ser, interesándonos por una mujer en concreto, poniéndonos en movimiento hacia ella, entonces brota el sentimiento, brota el amor.
Es indudable que el instinto hace su labor, pero si es una tontería afirmar que el verdadero amor del hombre a la mujer, y viceversa, no tiene nada de sexual, es otra tontería creer que el amor es sexualidad. Entre otros muchos rasgos que los diferencian hay uno fundamental: el instinto tiende a ampliar indefinidamente el número de objetos que lo satisfacen, mientras que el amor es selectivo, elige; de ahí que nada inmunice tanto al varón respecto a otras atracciones sexuales como el amoroso entusiasmo por una determinada mujer.
El amor vive del detalle y procede microscópicamente; en cambio, el instinto es macroscópico y se dispara ante los conjuntos. Es como si actuaran desde distancias diferentes; por eso la belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora. Para el enamorado no existen ya, se han borrado en la persona amada esos rasgos que conforman lo que suele llamarse belleza: las grandes líneas de la figura y del rostro. Llamará belleza, en cambio, a pequeños detalles sueltos: el color de la pupila, la comisura de los labios, el timbre de la voz... Las "bellezas oficiales", esas mujeres que son consideradas casi monumentos públicos, despiertan poco el fervor privado de los varones. Su belleza es tan resueltamente estética que convierte a la mujer en objeto artístico para turistas, más que para enamorados. Como dice Ortega: "el deseo de proximidad, que es la avanzada del amor, se hace imposible"; por eso es un hecho que de las mujeres plásticamente más bellas se enamoran poco los hombres.
La conexión amor y belleza la hemos heredado de Platón; solo que para él la belleza no significaba propiamente la perfección del cuerpo, sino que era el nombre de toda perfección; belleza es todo lo valioso, lo óptimo. Por tanto, amar es algo mucho más grave y significativo que entusiasmarse con unas líneas de la cara o unas formas estéticas; amar es decidirse por un cierto tipo de humanidad, que simbólicamente va anunciado en los detalles del rostro, de la voz y del gesto; amar implica una íntima adhesión a un determinado tipo de vida humana que nos parece el mejor y que hallamos preformado, insinuado en la persona amada.
Esto explica, en cierto modo, que un hombre pueda enamorarse varias veces a lo largo de su vida. Hay personas que evolucionan muy lentamente, caracteres relativamente anquilosados, en general los de menos vitalidad (el prototipo del "buen burgués"), que persistirán dentro de un invariable esquema de elección amorosa. Pero –dice Ortega– a un ser humano potente, con un destino lleno de posibilidades, le puede llegar su hora de "explosionar"; su personalidad puede experimentar profundas transformaciones, puede cambiar su carácter y su forma de entender la vida. Pues bien, la preferencia por un tipo distinto de mujer se ajustará rigurosamente al nuevo modo de sentir la vida. Surge un nuevo esquema de selección erótica porque ha habido un cambio en el sistema de valores, pasando a primer término cualidades que antes no se estimaban, o ni se percibían. Hay evolución, hay etapas en la vida, y hay crecimiento; así pues, el hombre que no quiere ser un bonsái adornando la sala de estar, llega un momento en que rompe con un modo de vida que le asfixia, que le ahoga, y entonces puede enamorarse de una mujer que refleje su nuevo modo de entender la vida. En todo caso, lo importante es saber que se mantiene la fidelidad a sí mismo, una fidelidad latente con el verdadero ser, imprescindible para prevenir el fracaso.
La mujer también selecciona a su amado, pero de forma diferente al hombre, pues no responde de la misma manera ante la belleza física de este. El entusiasmo erótico de la mujer por la belleza masculina se reduce, según Ortega y Gasset, a cuatro excepciones: 1) las mujeres de alma un poco masculina; 2) las prostitutas; 3) las mujeres normales que tienen tras de sí una vida sexual plenamente ejercitada y llegan a la madurez; y 4) las que por su constitución psicofisiológica vienen al mundo dotadas de un "gran temperamento". Por ello, en general la mujer es más moderada sexualmente, y no es frecuente en ella ver disociados placer sexual y sentimiento.
Lo que decíamos respecto a las bellezas femeninas ocurre también con los genios, pues la mujer rara vez se enamora de los grandes hombres que han cambiado la historia de la Humanidad. ¿Qué le importa a una mujer que un hombre sea un gran matemático o un gran químico? Puede parecer extraño, pero la Historia demuestra que el genio no es un "hombre interesante" para la mujer.
Socialmente hay también un criterio de selección, de manera que cada época prefiere un tipo general de varón y otro tipo general de mujer; y esas preferencias van cambiando a medida que la sociedad cambia. Sería muy interesante ver cómo han ido evolucionando históricamente los diferentes estilos amorosos: el amor romántico del siglo XIX, la galantería del XVIII, el amor platónico del XV, el amor gentil del XIV o el amor cortés del XIII, cada uno de ellos con sus características peculiares. Se trata siempre de lo mismo, pero en forma diversa cada vez; en el amor colaboran la imaginación, el entusiasmo, la sensualidad, la ternura y otros muchos aspectos íntimos, pero dependiendo de qué importancia tome cada uno de ellos, así será el tipo de sentimiento amoroso resultante. Lo indudable es que cada época tiene su estilo de amor, y esto influye mucho en la elección de la persona amada. Por ejemplo, la relación amorosa entre un hombre de cuarenta años y una jovencita de veinte es difícil, sobre todo, si ambos viven el entusiasmo amoroso de manera diferente.
Pero hay que admitir que en todo esto es muy difícil llegar a conclusiones definitivas, pues aunque el hombre, cuanto más varonil sea más cargado está de racionalidad, sin embargo, el centro del alma femenina –por muy inteligente que sea la mujer– está ocupado por un poder irracional; y esta es la delicia suprema que en ella encontramos: la mágica ocasión de tratar con otro ser "sin razones", porque nos encanta y queremos unirnos a él.
No obstante, sí podemos afirmar que enamorarse es una capacidad, un talento maravilloso que algunas criaturas poseen, como el don de hacer versos, el espíritu de sacrificio, la inspiración melódica, la valentía personal, el saber mandar... En general, todos creemos que ya sabemos lo que es amar, pero amar es un arte, como dice Erich From, y al igual que todo arte requiere también aprendizaje, disciplina, concentración y paciencia. Por eso el amor del enamoramiento es, en realidad, un fenómeno poco frecuente y nada fácil.
La capacidad de amar tiene además como condición indispensable la capacidad de estar solo, siendo tan difícil la una como la otra. Si estoy ligado a otra persona porque ella es una especie de "salvavidas" o refugio para mí, entonces no hay verdadero amor en tal relación.
Enamorarse requiere un mínimo de autonomía personal, un mínimo de individualización y, además, un básico conocimiento de las leyes de la vida y de la Naturaleza, para no quedar a merced de nuestros instintos y deseos que, como hemos visto, no son amor.


BIBLIOGRAFÍA:
José Ortega y Gasset, ESTUDIOS SOBRE EL AMOR, 1926
Erich Fromm, EL ARTE DE AMAR, 1982
Delia Steinberg Guzmán, AMOR PLATÓNICO Y AMOR SEXUAL, Revista Nueva Acrópolis, n.º 233, enero de 1995.