unamuno

Azorín dio el nombre de Generación del 98 a un grupo de escritores que comienzan a publicar en torno a 1898.

Unamuno perteneció a la llamada Generación del 98, movimiento literario cuyos componentes principales fueron Pío Baroja, Azorín, Valle-lnclán, Antonio Machado y el propio Unamuno.
Su actitud inicial fue de crítica y revisión de todos los valores (políticos, sociales, religiosos, estéticos). Saludaron con alegría la renovadora enseñanza de Rubén. Esta Generación del 98 es de ideas avanzadas; en su estilo, tienen una gran voluntad antirretórica; en líneas generales son subjetivistas y exigen un elevado cuidado por la forma.

Miguel de Unamuno y Jugo nació el 20 de abril de 1864 en Bilbao, y murió el 31 de diciembre de 1936, aunque hay autores que hablan de una muerte en el balcón de su casa la mañana del 1 de enero de 1937. De él Ortega y Gasset declaró: «La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace más de un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio».
PENSAMIENTO EN UNAMUNO
Clasificar a don Miguel en términos convencionales no tendría sentido. Fue pensador, ensayista, novelista, poeta, dramaturgo y prolífico periodista; fue profesor universitario, diputado a Cortes y profeta por elección propia.
Su obra es paradójica y agónica, llena de contradicción, es filosofía y poesía (él las consideraba hermanas gemelas). Sobre él mismo dice: “Nunca pasaré de un pobre escritor mirado en la república de las letras como un intruso».
En Unamuno no se puede encontrar un cuerpo de doctrina. Su pensamiento se detiene, se queda en una afirmación, pero no para pasar a otra, sino para dejarla quieta y complacerse; son aforismos como los de Shopenhauer, los pensamientos de Pascal, los fragmentos de la mayoría de los presocráticos. A pesar de la dispersión de su obra, que Jean Cassou acusó cariñosamente de comentarios, el tema de don Miguel es único: por donde quiera que se abra un libro suyo, de cualquier género, se encuentra el mismo ámbito de pensamiento y de inquietudes, mucho más que en los escritores más congruentes.
PROGRESO, REALIDAD E HISTORIA
Unamuno ponía en un mismo plano a Hamlet y a Shakespeare, a Cervantes y a don Quijote. Esta ocurrencia podría ser arbitraria, una exageración para subrayar la dimensión real de algo. Recurre con frecuencia a la metáfora del sueño, como Calderón y Shakespeare. Cuando Unamuno dice que los personajes son tan reales como él, es porque son vidas, son historias, tienen una leyenda.
El hombre, para él, es la más importante realidad, igual que las ideas son más importantes que las experiencias y la justicia está por encima de la ley. Su lucha era por ese individuo. La esencia de un individuo –decía Unamuno– y la de un pueblo es su Historia, y la historia de lo que se llama Filosofía de la Historia. Y la historia que a él le preocupaba era la llamada intrahistoria, la de los hombres y los pueblos; en ese campo era en el que afirmaba: «no hay fuerza humana que pueda esclavizar al hombre, libre de pensar bajo las cadenas».
En sus autodiálogos, modalidad narrativa de Unamuno cercana al examen de conciencia, y utilizando la interrogación como método discursivo, era al lector a quien quería defender mientras se defendía. Y no le importaba que no leyeran lo que él quería poner en sus palabras, si leían lo que enciende la vida. Porque para él leer era soñar en el presente, que es futuro:
«El verdadero porvenir es hoy». En este porvenir es donde él introducía su pensamiento, su lucha, como forma paradójica de la continuidad y el progreso. El resultado de esa vida activa, que deja huella, consistió en construir, en hacer algo que permaneciera. Para entender a Unamuno tenemos que aprender a traducir de un idioma a otro, del unamuniano al propio, y veremos todo más claro, y comprenderemos tal como él quería: «Comprender no significa penetrar en la intimidad del pensamiento ajeno, sino traducir en el propio pensamiento, en la propia verdad».
RAZÓN y VIDA: FILOSOFÍA
Para Unamuno razón es, ante todo, el pensamiento discursivo, es la facultad de apresar en fórmulas fijas y universales los objetos. Y cuando estos, como acontece con la vida humana, son por su esencia individuales y cambiantes, considera que la razón no es apta para llegar a ellos. Lo que ocurre es que Unamuno cree que la razón no le sirve para su problema, la razón es enemiga de la vida. Escribe: «hay que ganar la vida con razón, sin razón o contra ella». Razón y vida se oponen y el instrumento racional es incapaz de abrirse a lo viviente sin volverlo rígido y matarlo. La razón no puede llegar al hombre de carne y hueso y satisfacer su necesidad de saber si ha de morir del todo o no. Pero se da cuenta de que tampoco puede escoger uno de los dos términos para quedarse solo con él y abandonar el otro. La base del sentimiento trágico de la vida reside en que vivir es una cosa; conocer, otra; y acaso hay entre ellas una tal oposición que podemos decir que todo lo vital es antirracional.
La parte vital la colocaba en el sentimiento, en el corazón. De este le brotan sus mejores razones e intuiciones, hasta que, de nuevo, le traiciona la vanidad, el orgullo, el espíritu de contradicción, que él mismo confiesa que le dominan a ratos. En este campo se sitúa la cuestión de tantos ensayistas. ¿Era Unamuno filósofo? ¿Qué tiene que ver Unamuno con la filosofía?
En primer lugar, tenemos que fijar qué idea tiene don Miguel de la filosofía. Comienza por separar la filosofía de la ciencia, para aproximarla a otras actividades humanas. Por otra parte, según Julián Marías, Unamuno enfrenta la filosofía con la religión, como enemigas, a la vez que las considera mutuamente necesarias. Desde el punto de vista del saber, asimila el conocimiento filosófico, más que el científico, al de la poesía y la mitología. No pierde de vista a Platón, y cita pasajes de Aristóteles en los que dice que el amigo de los mitos es, en cierto sentido, un filósofo. Para él, el mito es inmortal y solo otro mito podrá desalojarlo y asentarse en su lugar. La filosofía es una reacción al misterio de la realidad, concretamente al de la vida humana y su destino. La filosofía, como dice en el capítulo VI de su Sentimiento, es un esfuerzo por racionalizar la vida y, a la vez, vitalizar la razón.
Al mismo tiempo, contrapone ciencia y sabiduría. La ciencia tiene como objeto la vida y trata de prolongarla, de facilitarla; la sabiduría versa acerca de la muerte y trata de prepararnos para bien morir.
Todo esto lleva a don Miguel a entender la filosofía como una concepción del mundo y de la vida. El hombre filosofa para vivir, dice: «La filosofía es un producto humano de cada filósofo y cada filósofo es un hombre que se dirige a otros hombres como él. Y haga lo que quiera, filosofa, no con la razón sólo, sino con la voluntad, con el sentimiento, con el alma toda y con todo el cuerpo. Filosofa el hombre porque necesita justificarse a sí mismo, saber a qué atenerse, qué ha de ser de él, consolarse o desesperarse de haber nacido». El hombre es el sujeto supremo objeto de toda filosofía.
El punto de partida de su filosofía es un apetito de perduración, un afán de inmortalidad, en el sentido de la tesis de Spinoza, según la cual la esencia de una cosa consiste en su tendencia a perseverar en su ser indefinidamente. Ser es querer seguir siendo siempre; lo que no es eterno no es real.
En rigor, don Miguel de Unamuno no poseyó ninguna doctrina acerca del núcleo de la metafísica: el ser. Recoge elementos filosóficos de origen kantiano, y así, al final del capítulo VIII de “Del sentimiento trágico de la vida” alude al problema de la existencia en estos términos: «Existir, etimológicamente, es estar fuera de nosotros, fuera de nuestra mente, ex-sistere». Para él existir se da a base de insistir. E insistir obrando. El obrar se sigue al ser y el ser es obrar, y solo existe lo que obra, lo activo y en cuanto obra. «El vivir de la vida humana no consiste en la contracción de los pulmones o la circulación de la sangre, sino en decidir lo que vamos a ser. Y por el que hayamos querido ser, no por el que hayamos sido, nos salvaremos o perderemos. Dios premiará o castigará a cada uno a que sea por toda la eternidad lo que quiso ser. Lo que se espera de la vida califica la edad cronológica». Y dijo también: «¡Yo sé quién quiero ser!». Y no «¡Yo sé quién soy!». Según don Miguel, Cristo se hizo hijo de Dios por voluntad y a fuerza de ponerse a ello.
Tal vez lo más original y certero, según Julián Marías, del pensamiento de Unamuno, sea la interpretación de la noción de sustancia, ya que trata de vitalizarla: «Cuando oigo hablar de sustancia, se me despiertan oscuras reminiscencias de sustancias concretas, de la sustancia del caldo, de lo sustancioso de un cocido, de lo insustancial de un escrito, de la sustancia de la carne, etc.». Al final de su análisis, lo único sustancial que le queda es la conciencia: «Lo que no es conciencia y conciencia eterna, consciente de su eternidad y eternamente consciente, no es nada más que apariencia. Lo único de veras real es lo que siente, sufre, compadece, ama y anhela; lo único sustancial es la conciencia».
Pero ¿cuál es el objetivo inmediato, no teórico, de su filosofía? En carta a Pedro de Múgica el 19 de octubre de 1903 le escribe: «Procuro ejercer la decimoquinta obra de misericordia, esto es: despertar al dormido». Para curarnos de la melancolía literaria, no hay como leer a Unamuno. He aquí el gran llavero que no cierra, sino que abre, despierta, aunque quizá no siempre con la felicidad que querríamos. En 1911, en Soliloquios y conversaciones, dice: «Hay que sembrar en el hombre gérmenes de duda, de desconfianza, de inquietud y hasta de desesperación, ¿por qué no?».
Su intención era despertar a los hombres, engendrar hijos espirituales: Antonio Machado se consideraba discípulo suyo. En las cartas que le dirigía se despedía: «Devotamente al Sabio y al Poeta», y le dedicó varios de sus poemas. La poética de Machado se basaba en la filosofía unamuniana, como escribió directamente en uno de los poemas dedicados:
“Siempre le ha sido,
¡Oh, rector de Salamanca!, leal
este humilde profesor
de un instituto rural.
Esa tu filosofía
que llamas diletantesca,
voltaria y funambulesca,
gran don Miguel, es la mía.”
«Usted –escribía A. Machado– con golpes de maza ha roto, no cabe duda, la espesa costra de nuestra vanidad, de nuestra somnolencia".
EL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA
Un solo tema se insinúa como constante en don Miguel: el sentimiento trágico de la vida. Según Bergson, todo filósofo auténtico no dice a lo largo de su vida sino una sola cosa, y aun en rigor, sólo se esfuerza en decirla sin lograrlo cumplidamente. En un ensayo titulado Soledad, Unamuno afirma: «Estoy convencido de que no hay más que un solo afán, uno solo y el mismo para los hombres todos; es la cuestión de saber qué habrá de ser de mi conciencia, de la tuya, de la del otro.».
Unamuno reivindica enérgicamente la exigencia de no morir del todo: «No quiero morirme, no, no quiero, ni querré quererlo; quiero vivir siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí». Este largo grito de afán cruza toda la vida de Unamuno y anima su obra entera. Y recuerda la esperanzada duda de Platón en el Fedón, cuando dice que es hermoso el riesgo de la inmortalidad del alma. Esta incertidumbre salvadora y dulce, dice, nace del choque entre la razón que niega y el deseo que afirma.
Entre sus neologismos, hay uno muy singular, con el que ha contribuido a la mitología del fenecer del hombre, y es la intuición de la representación de la muerte como un desnacer; es un poético nombre para un retorno al origen, para dejar de significar un retorno a la nada. La visión de la muerte se modifica a lo largo de su vida, y una de las ideas que se repetirá será la muerte como soledad, no un simple dejar de ser, sino un radical quedarse solo, y como trasfondo aparece Dios.
Para Unamuno es en Dios en quien ve, ante todo, su propio yo proyectado al infinito, y busca en Dios la garantía de la inmortalidad. En Él halla también la forma de vida. En un ensayo titulado El secreto de la vida, Unamuno habla del misterio del alma humana: «El misterio es para cada uno de nosotros un secreto. Dios planta un secreto en el alma de cada uno de los hombres y tanto más hondamente cuanto más quiera cada hombre. Y, para plantarlo, nos labra el alma con la afilada laya de la tribulación. Los poco atribulados tienen el secreto de su vida muy a flor de tierra, y corren el riesgo de no prender bien en ella, y no echar raíces, y por no echar raíces no dar flores ni frutos».
La tribulación es la forma superior del dolor; más que superior, radical. La designa con el nombre de congoja, la fuente del sentimiento trágico de la vida: «La congoja es algo mucho más hondo, más íntimo y más espiritual que el dolor». Él lo definía como una opresión de pecho en la cabeza. Según Jean Cassou: «Hay de san Agustín en él, y de Rousseau, de todos los que, absortos en la contemplación de su propio milagro, no pueden soportar el no ser eternos. Tal es la agonía de don Miguel, hombre en lucha consigo mismo, con su pueblo y contra su pueblo, hombre hostil, solitario, orador en el desierto, provocador, enemigo de la nada, desgarrado entre la vida y la muerte». Pero de esa lucha nace un valor positivo de auténtica religiosidad que, multitud de veces, resume en la frase de Senáncour: «Si es la nada lo que nos está reservado, vivamos de forma que ello sea una injusticia».
En él está la lucha y el optimismo, negándose a disertar sobre el peso del vacío, aunque sabe que seguramente es lo que más nos pesa.
De toda esta heroica y constante actividad espiritual –hasta el punto de que finaliza el Sentimiento con la exclamación: «¡Y Dios no te dé paz y sí gloria!»–, de este impulso acometedor, ambición de gloria y afirmación de su personalidad –como dijo Antonio Machado–, llega el descanso. El descanso, la salvación, afirmaba don Miguel, «está en volver, con sabor moderno, a nuestros místicos... Santa Teresa vale por cualquier Crítica a la razón pura...».
En la mística reflejada en su poesía es donde Unamuno abandona su «yo» y se entrega. Cuando a él le funciona el corazón de poeta de acuerdo con su gran inteligencia, desposeída de orgullo y de aquel egocentrismo que le dominaba, es admirable y se da la entrega total:
“Querría, Dios, querer lo que no quiero;
fundirme en Ti, perdiendo mi persona,
ese terrible yo por el que muero.”
En la poesía pide densidad, que «se piense el sentimiento y se sienta el pensamiento». Todo el círculo de sus preocupaciones aparece condensado en sus poemas: la totalidad del universo, Dios, las relaciones entre ambos, la infinitud, la conciencia, la personalidad, el amor, la muerte, la perduración, todo aparece transfigurado en la poesía. Y aún hay algo más. La poesía representa la cristalización y la fijación de la forma: «el espíritu, en ella, queda apresado en formas permanentes, que se transmiten» (Julián Marías).
La poesía de Unamuno es una voz honda que pregunta por el destino último del hombre sin la arrogancia de su prosa. Encontró en la poesía una auténtica vía de redención, el antídoto contra el veneno de su alma, que no era tanto el exceso de racionalidad contra el que solía clamar, cuanto el exceso de «Yo».
INDIVIDUALIDAD Y RELIGIOSIDAD
La obra entera de Unamuno está inmersa en un ambiente religioso: cualquier tema acaba por mostrar en él sus raíces religiosas o culminar en una última referencia a Dios. Esta preocupación religiosa tiene el punto de partida en el hombre mismo y su afán de perduración. En su ensayo Mi religión (1907) escribe: «Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del lncognoscible... Rechazo el eterno ignorabimus. Y, en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible».
Mantiene una confianza personal, directa y amistosa con Dios, y en el capítulo IX de su Sentimiento agrega: «Creo en Dios como creo en mis amigos, por sentir el aliento de su cariño y su mano invisible e intangible que me trae y me lleva y me estruja».
En Mi religión escribe que tiene una fuerte tendencia al cristianismo, considerando cristiano a todo el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y le repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes, que niegan cristianismo a quienes no interpretan el Evangelio como ellos. La esencia de la agonía del cristianismo, del sentimiento trágico de la vida está en una de sus paradojas, en un silogismo: «Cristo es inmortal. Cristo es hombre, luego todo hombre es inmortal».
Acude a la religiosidad para sustentar al individuo. «Dios no existe, sino que más bien sobreexiste, y está sustentando nuestra existencia, existiéndonos». No añade, según su costumbre, ni una palabra a tan grave e interesante afirmación. Este individuo, aunque sustentado por Dios, tiene un fin en la vida, que es hacerse un alma, un alma inmortal, como insiste en La agonía del cristianismo, un alma que es la propia obra interna y externa. De nada sirve modificar los ritmos externos si el interno, el espiritual, sigue siendo el mismo.
Después de este recorrido por el pensamiento de Unamuno, un final ardiente se hace difícil, a pesar de que alguna vez él se había despedido de sus lectores: «Yo a mi agonía, y tú a la tuya, lector, y ¡que Dios nos las bendiga!».

Por Sara Ortiz Pons

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